viernes 6 diciembre, 2019

Conferencia

Democratización y des-democratización: Estados, ciudadanías y las nuevas tecnologías del poder

Jorge Vargas Cullell

Universidad Eafit

Medellín, Colombia

Agosto de 2019

 

Buenos días:

Agradezco de manera singular la invitación que me cursó la Universidad Escuela de Administración, Finanzas e Instituto Tecnológico (EAFIT) para la celebración del aniversario del pregrado en Ciencias Políticas del Departamento Gobierno y Ciencias Políticas. En particular, mi agradecimiento a la profesora Adriana Ramírez y a todas las personas que hicieron posible mi presencia hoy aquí.

Primer movimiento: la batalla por la democracia (Allegro enérgico)

El título de mi charla refiere a la fuerte tensión que experimentan en la actualidad las democracias modernas y, en general, la idea democrática en el mundo. Ese título toma prestado del historiador, sociólogo y politólogo norteamericano Charles Tilly el concepto de “des-democratización”, no exactamente la palabra más bonita, pero sí una lo suficientemente gráfica para describir, con precisión, el proceso de deterioro del contenido democrático en un sistema político.[1]

Este concepto me resulta útil para plantear una proposición inicial: contrario al optimismo reinante al cierre del siglo XX e inicios del actual, cuando, a partir del influjo de la expansión de la tercera ola democrática[2], muchos creíamos que la moderna democracia representativa estaba acorralando a sus competidores autoritarios y totalitarios y que era inminente su triunfo normativo y práctico universal, hoy en día nos invade el pesimismo a los demócratas al ver que, tanto en ese plano normativo, de la democracia como un ideal superior, así como en la praxis, la democracia está a la defensiva, en graves problemas para dar respuestas a los múltiples desafíos que enfrenta.

Hay razones fundadas para decir que hoy el impulso des-democratizador ha desplazado, como vector dominante, al impulso democratizador que caracterizó las últimas décadas del siglo XX.

Ahora bien, a diferencia del pasado, ese pesimismo no solo nace de la constatación sobre el deterioro que experimentan muchas de las nuevas democracias surgidas durante la tercera ola, hoy atrapadas en senderos de regresión política que las ha degradado a ese purgatorio de ornitorrincos que son los regímenes “mixtos”, “híbridos”, “autoritarismos electorales”, “democracias iliberales”, “semidemocracias”, “democracias delegativas”. Esos senderos han conducido, en ciertos casos, a la quiebra misma de la democracia y a su sustitución por un régimen autoritario.

Esos ornitorrincos de los que hablaba combinan características institucionales y funcionales de la democracia, especialmente la celebración continuada de elecciones como método para acceso al poder y algún espacio recortado para el ejercicio de libertades y derechos; combinan, digo, esos elementos democráticos con una fuerte o incluso dominante presencia de características autoritarias en el ejercicio del poder político, especialmente la cooptación y debilitamiento de las instituciones del Estado de Derecho, la acumulación de poder en los Ejecutivos y la conversión de los parlamentos en meras oficinas de trámite legal a los designios de esos Ejecutivos. Los ornitorrincos han sido siempre una especie muy frecuente en América Latina, pero ahora también se han extendido por Europa Oriental, como lo atestiguan los casos de Hungría y Polonia. Incluso, es posible ver crecientes evidencias de su paso en la India, la democracia más poblada del mundo, que ha mostrado, bajo el primer ministro Modi, importantes señales de retroceso.

También tenemos situaciones en los que una democracia (o una semi-democracia) ha caído y ha sido reemplazada por una dictadura abierta, como ha ocurrido en Nicaragua y, por supuesto, en Venezuela (aunque en este país la democracia precedió a la tercera ola democratizadora a la que Samuel Huntington se refirió).

Decía yo que hoy la diferencia es que no solo nos preocupamos por la epidemia que aqueja a muchas democracias emergentes sino también por los males que padecen las democracias maduras, a las que suponíamos consolidadas, sistemas que pensábamos eran inmunes a las amenazas y enfermedades que afectaban típicamente a los países novatos en la experiencia democrática. Es evidente que en esos países avanzados ha habido deterioros en la calidad de la convivencia democrática, ataques al régimen de libertades y derechos ciudadanos, esfuerzos continuados por recortar la independencia judicial y un manipuleo de los procesos electorales, en fin, todo eso que Tilly captura muy elocuentemente con el concepto de “des-democratización”. Esos deterioros los podemos ver en Estados Unidos, en la Inglaterra del Brexit o en Italia de Salvini, y ha dado lugar una amplia literatura sobre la caída de la democracia, y el paralelismo histórico con lo sucedido en los años treinta del siglo pasado en Europa, entre las que destacan las obras de Levitsky y Ziblatt.[3]

Diría hoy que vivimos una era en la que se desarrolla un enorme pulso, una tensión muy fuerte entre el impulso democratizador de las sociedades y Estados -denominemos a esto “democratización”-, y el impulso des-democratizador identificado por Tilly.

En años recientes, para reiterar, este último impulso parece estar imponiéndose como vector dominante, como lo muestran todos los índices internacionales comúnmente empleados para evaluar la democracia: hablo aquí de los índices de The Economist, del proyecto V-DEM, Polity IV o incluso Freedom House. Con todo, me apresuro a apuntar, que esta situación no significa que la “democratización” está vencida y que la batalla en curso esté perdida. No sabemos cuál será el desenlace, pero ciertamente la incertidumbre y la duda son elocuentes recordatorios de las dificultades actuales por las que atraviesa la democracia.

Segundo movimiento: Un tenso equilibrio (Adagio profundo)

Quisiera en este momento formalizar los conceptos que he empleado para elaborar, tal como la veo yo, cómo se conecta la tensión entre democratización y des-democratización con la teoría democrática. Elaborar sobre esta conexión nos permitirá superar el plano de la descripción de los sucesos recientes y entender mejor la naturaleza y la profundidad de los procesos que hoy alientan los procesos des-democratizadores.

¿Por qué afirmo que la teoría ayudará? Quisiera, de manera muy resumida, plantearlo de esta manera: si digo que, en la actualidad, hay una lucha entre los vectores de la democratización y la des-democratización, y que hoy en día esta última es el impulso dominante, surge una pregunta obligada: ¿qué es eso que se des-democratiza? Eso, en este caso, es la democracia y si no la definimos, nos quedamos con un planteamiento indeterminado: lo principal, el objeto que experimenta el cambio, permanecerá en tinieblas.

Necesito, pues, aportar un concepto de democracia, pero aquel que yo elija establecerá los alcances de mi planteamiento. Me explico: si adopto una definición minimalista de democracia, a-la-Schumpeter, entendiéndola como una competencia política para escoger a los gobernantes,[4] mi preocupación por la des-democratización se circunscribirá al terreno de la democracia electoral, al deterioro de las condiciones de esa competencia.

Si, por el contrario, adopto un concepto más amplio, por ejemplo, la influyente definición de “poliarquía” del eminente pensador norteamericano Robert Dahl,[5] estaría interesado, además de las condiciones de la competencia política, en las libertades y derechos que la ciudadanía puede ejercer a la hora de participar en los asuntos públicos, una dimensión ausente en Schumpeter.

Así pues, la escogencia de uno u otro concepto de democracia no es una elección inocente a la hora de definir los alcances de las dos pulsiones de las que hemos venido hablando: la democratización y la des-democratización.

A pesar de que, entre Schumpeter y Dahl, o para el caso, Sartori,[6] me siento más cercano a estos dos últimos, en esta charla parto de un concepto distinto de democracia, por las razones que más abajo expongo.

Siguiendo a mi maestro Guillermo O’Donnell, voy a entender por democracia un conjunto de principios de organización del poder político en una sociedad basados en la agencia moral y política de la ciudadanía.[7] Este es un concepto que he utilizado en otros escritos y al cual me sigo suscribiendo en la actualidad.[8]

Antes de entrar en detalles, quiero decir que esta definición conceptual propociona varias ventajas para la discusión que me he propuesto hoy. Primero, sigue entendiendo a la democracia como un fenómeno político circunscrita a los ámbitos de la organización del acceso y del ejercicio del poder político, sin ampliarla a otras dimensiones de la vida social como la democracia económica (la redistribución de la propiedad de los medios de producción entre la población), o la democracia social, pensando en la exigencia de una sociedad igualitaria como requisito indispensable para la existencia de una democracia.

Segundo, una definición así es abierta. Con ello quiero decir que, al centrar la atención en los principios de organización del poder político, no estamos hablando de tal o cual conjunto de instituciones concretas, o de un arreglo institucional específico. Es abierto en el sentido que reconoce que, a lo largo de la historia, y aún dentro de una misma época histórica, las democracias han tenido configuraciones y prácticas muy distintas. En efecto, las democracias de las ciudades-estado de la antigua Grecia son muy distintas a la democracia representativa moderna y, dentro de éstas últimas, hay una variedad importante de subtipos. Finalmente, es también abierta en el sentido que más que designar un estado, una situación consolidada, piensa a la democracia como un horizonte, un ideal que implica una perpetua búsqueda y experimentación.

Y una tercera razón para definir así a la democracia es que permite filtrar lo que es o no un sistema democrático. El criterio clave aquí para separar “el grano de la paja” es el de la agencia ciudadana, el reconocimiento y la protección de la autonomía moral y política de las personas por medio de un conjunto de libertades y derechos, incluido por supuesto, el de poder gobernar. Agencia significa aquí capacidad y voluntad para adoptar libremente las decisiones que una persona considera más convenientes para sus intereses.

Así, regímenes que se dicen demócratas, en sus versiones de “democracias populares” del antiguo socialismo real; o en las variantes de las “democracias participativas” del también fenecido socialismo del siglo XXI, o las “democracias iliberales” estilo Victor Orban en Hungría, no califican como democracias, porque, más allá de los adjetivos, cercenan esa agencia moral y política de los ciudadanos por medio de atropellos cotidianos a sus derechos y libertades.

En este contexto, quisiera enfatizar que, desde el siglo pasado, cuando hablamos de la democracia moderna, consistente con la definición que arriba esbocé, hablamos de la democracia representativa basada en la (cuasi)universalización del estatus de ciudadano dentro del territorio de un Estado nacional, la selección de los gobernantes mediante el voto ciudadano y a la existencia de un Estado democrático de derecho.

Cuando digo, entonces, que hay una des-democratización del sistema político me refiero a procesos que recortan, debilitan o erosionan la agencia moral y política de la ciudadanía de un sistema político que, en un momento determinado, cumplía razonablemente con los parámetros de una democracia. Así entiendo la definición inicial de Tilly de la desdemocratización como “pérdida del contenido democrático”.

Quiero elaborar un poco más el planteamiento sobre la importancia de conectar esta discusión con la teoría democrática para apreciar, en su compleja dimensión, el tenso y permanente (des)equilibrio que siempre va a existir entre los vectores de democratización y desdemocratización.

Desde la perspectiva de la organización del poder político en una sociedad, la democracia introduce una crucial mutación a la relación de poder entre gobernantes y gobernados (y, más en general, entre débiles y poderosos). Mientras que en los demás sistemas políticos los gobernados son súbditos, en una democracia ellos retienen poder, no están a la merced de sus gobernantes. Ese poder se origina en el hecho de que son ciudadanos, agentes políticos y morales con ciertas potestades sobre los gobernantes.[9]

Los gobernados forman, así, parte de una comunidad política de iguales denominada ciudadanía, la que en las democracias modernas constituye un estatus jurídico que otorga como mínimo un mismo portafolio de derechos y obligaciones a toda la población adulta natural de un país. Este portafolio incluye tanto libertades frente a los poderosos como derechos sobre ellos, por lo que los gobernados poseen la capacidad para resistirse, derrotar u obligar a transigir a quienes detentan poder sin que por ello las instituciones del sistema político se resquebrajen o sucumban. En síntesis, la mutación democrática crea e institucionaliza el “poder desde abajo”, el poder de los gobernados.

Esta es, sin embargo, solo parte de la historia. La mutación democrática no abole el poder de los gobernantes, el “poder desde arriba”, con el fin de instaurar la anarquía, el orden natural entre iguales. En una democracia, como en cualquier sistema político, el poder de los gobernantes se yergue sobre las personas, existe desigualdad política: hay débiles y poderosos; estos quieren quitarle poder a aquellos y ellos, retenerlo. Estas disparidades de poder son profundas, persistentes, consecuentes y sistemáticas pues existen diferencias abismales en las capacidades de las personas, grupos y clases sociales para lograr sus cometidos en la esfera pública.

Estar en uno u otro lado de la distribución del poder no es, por tanto, resultado del azar: los mejor conectados y con más recursos materiales tienden a prevalecer sobre los demás. Además, ciertas dimensiones de la desigualdad están legalmente sancionadas, ya que se otorga poder (legítimo)[10] a unos para adoptar decisiones que posteriormente son vinculantes para todos. Y, finalmente, aunque las desigualdades de poder son dinámicas y no implican situaciones de suma cero, una democracia sin desigualdad política no pertenece al reino de este mundo, nunca ha sido vista.

La mutación democrática consiste, entonces, en que los débiles retienen poder sobre los gobernantes y poderosos pero éstos, a su vez, gobiernan. El problema es que esta situación establece un equilibrio sutil que produce, simultáneamente, tanto igualdad como desigualdad política, dos resultados en abierta contradicción entre sí.

En esta tensión entre ambas pulsiones está en el origen del permanente e inevitable “choque de trenes” que en toda democracia existe entre los procesos de democratización y  de desdemocratización, cuyas potencias relativas impulsan procesos de ampliación y de contracción de las capacidades de la agencia moral y política de los ciudadanos. En ese sentido, nunca hay, como argumentaba tempranamente O’Donnell una “democracia consolidada”,[11] entendiendo por ello el arribo a una stasis o fin de la historia.

Cuando digo que la tensión es inevitable me refiero a lo siguiente: la mutación democrática a las relaciones de poder en una sociedad, procrea por un lado a la ciudadanía y, por el otro, reconoce autoridades y poderosos, opone ambos términos y a la vez los entrelaza produciendo equilibrios cambiantes que acomodan, en mayor o menor grado, a los distintos actores dentro de ciertas reglas de juego. Estos equilibrios son, por tanto, inherentemente conflictivos: al poder “desde arriba” le estorba el poder “desde abajo” y, recíprocamente, a éste le incomoda aquel. Como el “poder desde arriba” es indudablemente más poderoso, en ausencia de ciertas protecciones que deben ser eficaces, la pulsión de la desigualdad termina avasallando a la ciudadanía.

Para contrarrestar este previsible resultado, es necesaria una organización material que regule el acceso y el ejercicio del poder político de manera que se protejan y acomoden las partes de la relación pero, especialmente, la parte más débil, la comunidad de ciudadanos. De ahí que el entramado institucional de la democracia comprenda una compleja y puntillosa estipulación de autorizaciones sobre los usos permitidos y no permitidos del poder “desde arriba”, un conjunto de controles que constantemente vigilan dichos usos, así como múltiples oportunidades para que las y los ciudadanos ejerzan el poder “desde abajo”, sea éste dirigido a fiscalizar a los gobernantes o a realizar otros fines que, como agentes morales y políticos, consideren valiosos.

Llamamos a ese conjunto de estipulaciones un “Estado democrático de derecho” y por ello quisiera proponer, a diferencia de muchos autores, que en una democracia representativa hay un vínculo genético e indisoluble entre la democracia electoral y el Estado democrático de derecho: sin este último, el ejercicio electoral termina siendo acorralado y distorsionado por los “poderes desde arriba”. Por ello, el ataque a las instituciones del Estado de derecho, para debilitarlas, es siempre parte obligada de las fuerzas con tendencias antidemocráticas para hacerse con el poder político en una sociedad.

Sintetizo: la mutación introducida por la democracia en las relaciones de poder entre gobernantes y gobernados es la característica decisiva que permite distinguirla de otros sistemas políticos. Esta perspectiva coloca al concepto de poder político en la base del estudio de la democracia y posibilita definirla, como lo hice antes, como un conjunto de principios para la organización del poder político en una sociedad basados en la ciudadanía como agencia política y moral y, por tanto, consistentes con ella.

Colocar la cuestión del poder como punto de partida de una reflexión acerca de la democracia permite superar una limitación de las teorías comparadas de la democracia en las últimas décadas: su énfasis, casi exclusivo, en el ámbito de la democracia electoral. Sin embargo, ninguna democracia es solamente un régimen basado en elecciones libres; es, además, un sistema que norma el ejercicio del poder obtenido por esa vía. De ahí que es vital integrar la cuestión del ejercicio de ese poder a la teoría democrática a fin de no vaciar a la democracia de mucho de su contenido político[12].

En efecto, además del voto y las actividades asociadas a éste, en las ciudadanías participan en la vida pública ejerciendo múltiples controles sobre el Estado (y sobre sus conciudadanos) durante períodos no electorales haciendo uso del poder de que disponen. También, y esto es crucial, en estos períodos los gobiernos gobiernan democráticamente no solo porque quieren sino porque existe normas, instituciones y prácticas políticas que así los obligan. En una palabra, la democracia penetra la organización institucional y funcionamiento del Estado y de la sociedad más allá del régimen.

Encuadrados en un concepto restringido de democracia como régimen: ¿cómo entender estos procesos de democratización que penetran al Estado y otros ámbitos de la vida social? Si, como tradicionalmente se afirma, la democracia es esencialmente, una democracia puramente electoral, una vez que un régimen político alcanza esta condición ¿se llega al fin de la historia? ¿Qué sigue?

Por otra parte, cuando vemos que en muchos países hay ataques a las instituciones del estado de derecho; esfuerzos por cooptar los poderes judiciales para erosionar a la democracia electoral; recorte de libertades y derechos de la ciudadanía, y en general, de los derechos humanos de la población durante períodos no electorales, hay consenso, entre los teóricos e investigadores de las teorías comparadas de la democracia, que todos estos esfuerzos forman parte del libreto de quienes impulsan los procesos de desdemocratización. ¿Cómo, entonces, no poner atención a estos aspectos extra-régimen del sistema político?

Si el “poder desde abajo” estuviera circunscrito al voto, la democracia se desnaturalizaría con rapidez, pues el impulso igualador de la ciudadanía sería un espasmo ocasional cada tantos años, circunscrito a los procesos electorales para la selección de gobernantes. Una situación así estruja al régimen democrático a manos de un Estado sin frenos en su capacidad para avasallar a los ciudadanos. En esas condiciones, privaría la entropía del impulso des-democratizador.

Si la democracia se entiende, en cambio, como una relación de poder entre gobernantes y gobernados puede entonces comprenderse que la penetre al régimen, el Estado y la sociedad. Finalmente, estos son ámbitos en las que los principios de organización democrática del poder cohabiten, frecuentemente en abierta fricción, con otros principios de organización social que allí convergen como el mercado, la familia o la burocracia.

En esta perspectiva, la democratización es el proceso de extensión de la mutación democrática de las relaciones de poder dentro del régimen, el Estado y la sociedad, la difusión de los principios de organización democrática del poder político por el conjunto social. Por el contrario, la des-democratización es la retirada simultánea de esos principios de organización del poder político en esos tres ámbitos, el reflujo de la agencia política y moral de la ciudadanía, el debilitamiento del “poder desde abajo” y las garantías que lo sostienen.

Tercer movimiento: El triple asedio a la democracia (Obstinato)

He dicho que por definición hay, dentro de un sistema político democrático, una lucha perenne entre las pulsiones de democratización y des-democratización. El resultado neto de este choque establece el sendero que recorre esa sociedad a lo largo de un período histórico determinado. Pero: ¿cuál es el punto de inflexión que escora la tendencia en uno u otro sentido? ¿Qué determina el abandono de un estado de equilibrio, el paso a otro, o el inicio de un período de desequilibrios?

Para pensarlo en concreto: ¿cuándo inició la tendencia neta a favor de la des-democratización en los Estados Unidos? ¿Qué factores lo impulsaron? En el caso de ese país, el primer experimento republicano en la era moderna, Levitski y Ziblatt, en el libro ya citado, argumentan que el factor detonante fue la reacción de la mayoría blanca anglosajona ante el peligro de perder su control histórico sobre el sistema político y la progresiva conversión del Partido Republicano en un partido antisistema. Puede ser. Sospecho, sin embargo, que, en una perspectiva comparada, las razones serán siempre contingentes a cada sociedad y que estamos lejos de poder formular una teoría general al respecto.

Mientras desarrollamos la evidencia que permita un estudio comparativo sobre el tema, hay un hecho incontrovertible y urgente: hoy en día, la democracia representativa está bajo asedio desde múltiples frentes, y este acoso la tiene vulnerable y a la defensiva. Quisiera destacar tres de estos frentes.

El primer frente de asedio lo ejerce el rápido ensanchamiento de las desigualdades sociales dentro de la comunidad política de ciudadanos, que ha sido documentada en casi todas las democracias maduras en el mundo. En esto quiero ser preciso: como dije antes, no ha existido nunca una democracia en una sociedad igualitaria: todas han convivido en sociedades con mayor o menor desigualdad.

El punto que quiero hacer no es sobre la desigualdad per se sino sobre la magnitud de las brechas. Digo que, cuando las desigualdades se ensanchan de manera abismal y permiten la acumulación extraordinaria de poder y riqueza por parte de una reducida parte de la población, terminan por socavar la igualdad política en la comunidad de ciudadanos. Esto es lo que precisamente ha venido sucediendo en los países más avanzados del planeta, como lo documenta Piketty.[13] Por una parte, ese poder en manos de una reducida élite les otorga una influencia desmedida sobre el gobierno y sus políticas públicas. Gilens y Page muestran que, a lo largo de varias décadas, los grupos de poder económico, en el contexto de una creciente desigualdad social, han logrado que las políticas públicas converjan con sus preferencias. A tal punto llega esto, que estos autores llegan a denominar a los Estados Unidos como una oligarquía.[14]

La otra cara de la moneda del reto que supone el ensanchamiento de las desigualdades sociales para la democracia ocurre en el otro polo, el de los desposeídos. Uno de los hallazgos más sólidos de la literatura comparada sobre la participación ciudadana, tanto electoral como no electoral, es que los grupos y territorios más pobres, participan en mucho menor medida en los asuntos de interés público. Por decirlo en términos de Albert Hirschman, “salen” del sistema, se desconectan de él.[15]

En síntesis, las desigualdades excesivas dan influencia desmedida sobre el gobierno a los grupos más ricos de una sociedad, mientras que tienden a excluir a vastos segmentos de la población más empobrecida. Ambas tendencias son letales para el principio de igualdad política sobre el que se basa la idea democrática. Y esas tendencias están en juego, como dije antes, en muchas de las democracias del mundo desarrollado.

El segundo frente de asedio a la democracia es la emergencia del populismo como una potente fuerza social y política, hoy gobierno en muchos países del mundo. Sobre el populismo hay toda una literatura: véase las revisiones recientes al respecto hechas por Abromeit[16] y, en especial, la efectuada por Gidron y Bonikowski hace unos años.[17] Por sí solo es tema para múltiples conferencias. De más está decir que es, como en otros casos en las ciencias políticas, un concepto ampliamente disputado.

Una disertación sobre el populismo escapa a los alcances de esta presentación. Sin embargo, quisiera efectuar unos breves apuntes para dimensionar el reto que constituye para la democracia representativa. El populismo no es una ideología política en particular, sino que lo entiendo como una manera de entender y ejercer el poder que puede convivir con muchas y contradictorias ideologías. En lo que interesa a nuestra discusión, lo importante es que propone una noción de representación ciudadana alternativa a la de la democracia representativa al plantear la conexión directa entre un líder y el pueblo, una que no requiere la intermediación de instituciones, organizaciones sociales y políticas y por supuesto, de representantes ciudadanos. Preconiza su reemplazo por mecanismos de democracia directa cuya pauta y procedimientos son siempre, por supuesto, definidos por el líder y su guardia pretoriana.

Los populismos de derechas o de izquierdas, pues, pueden estar amarrados a proyectos políticos muy distintos y hasta contrapuestos, pero tiene en común el rechazo a la democracia representativa. Por esta razón, golpean siempre a los parlamentos y a los poderes judiciales, a los que considera estorbos para la relación líder-pueblo.

Hay otra faceta del populismo que amenaza a la democracia y es la movilización del agravio para producir una fractura radical, dentro de la ciudadanía, entre el pueblo y sus enemigos. En cada país, los enemigos del pueblo son distintos: pueden ser denominados “la casta”, “la oligarquía”, “los escuálidos”, “los inmigrantes”, “las cosmopolitas”. Lo común nuevamente, es que esos enemigos no son, dentro de la lógica populista, parte del Demos, sino una excrecencia a ser eliminada. Esta manera de plantearse el manejo de las diferencias políticas atenta directamente contra otro de los pilares de la democracia representativa: el pluralismo, es decir, la capacidad de las instituciones de representar los diversos sectores de la población y mediante negociaciones y acuerdos, construir equilibrios que acomoden los distintos intereses. El populismo es acérrimo enemigo del pluralismo y, por tanto, de la protección a las minorías.

El tercer frente de asedio a la democracia es de carácter externo, a diferencia de los dos anteriores, surgido en las entrañas de sociedades democráticas. Se trata de los regímenes autoritarios que están logrando conducir rápidos y exitosos procesos de desarrollo, especialmente en el Este y Sur de Asia. Hace veinte años, el estudio clásico de Przeworski, Alvarez, Cheibub y Limongi[18] concluía que las democracias no tenían necesariamente mejor desempeño económico que los regímenes autoritarios, pero no eran peor que ellos. Esta conclusión permitió desacreditar la acendrada creencia de que éstas “debían ser sacrificadas en el altar del desarrollo”, como lo había planteado Huntington en 1968.[19]

Hoy en día, el ascenso de China como potencia mundial ha creado un competidor sistémico a la democracia y, al mismo tiempo, un ideal normativo alterno. En efecto, hoy hay otra ruta comprobada al desarrollo que no pasa el establecimiento de una democracia representativa.

China muestra que un Estado autoritario bajo el firme control de un partido único y con una robusta plataforma tecnológica de control político puede mezclar con una economía de mercado para producir una mejora espectacular en las condiciones de vida de cientos de millones de personas. Es una macro-réplica de la exitosa experiencia de desarrollo en la ciudad Estado de Singapur, bajo el liderazgo autoritario de Lee Kwan Yu en el último tercio del siglo XX. Solo el Japón de la posguerra, pero con una fuerte ayuda norteamericana, o la Corea de finales del siglo XX, son ejemplos de países que, sin tener commodities como el petróleo, pudieron desarrollarse tan rápidamente, estableciendo, luego de cierto momento, democracias representativas. Lo que pasa es que Japón y, en especial, Corea, son dos pequeños países comparados con China. Hoy las autocracias petroleras de Oriente Medio ven hacia China, no hacia las democracias occidentales; también lo hacen países africanos y, crecientemente, los países de Europa Oriental.

Este triple asedio supone retos formidables y complejos para la democracia, retos que han alimentado el momentum de la des-democratización que se experimenta en muchos países de Europa y las Américas.

Cuarto movimiento: Un nuevo y más peligroso enemigo (Allegro enérgico)

A este punto de la reflexión sobre la democracia y sus enemigos, sobre la fuerza tan grande que tiene hoy en día la pulsión des-democratizadora, quiero efectuar una proposición controversial y es la siguiente: pienso que ni el autoritarismo, ni las abismales desigualdades sociales, ni los populismos de distinto signo, son, desde una perspectiva global, el futuro gran desafío de la democracia moderna.

Creo que el desafío más complejo, uno para el cual la democracia no ha desarrollado respuestas ni en el plano conceptual ni, por supuesto, en el plano práctico, es otro: se trata del proceso de acumulación, usurpación y monopolización de los miles de datos experienciales de billones de seres humanos por parte de firmas privadas y Estados que, mediante la aplicación de la inteligencia artificial, pueden, cada vez con mayor precisión y confianza, no solo predecir comportamientos de los individuos, sino moldear su pensamiento y conductas.[20] En otras palabras, la apropiación y uso de nuestra huella digital para fines de control de nuestro comportamiento en el mercado como consumidores y también, por supuesto, de nuestro comportamiento como ciudadanos en la arena política.

Una precisión conceptual: por huella digital entiendo el conjunto de datos que dejamos registrados en el internet sobre nosotros, incluyendo nuestra salud, relaciones afectivas, gustos, preferencias, pensamiento político, consumo, hábitos y participación pública, para citar algunas de las cosas entre las muchas que quedan grabadas y a disposición de quienes tienen la capacidad tecnológica de extraer, consolidar y analizar esta información.

La apropiación de nuestra huella digital por parte de firmas privadas y Estados es en parte inadvertida y contra nuestra voluntad expresa, como por ejemplo, cuando fue revelado que la Agencia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos (NSA por sus siglas en inglés) espiaba sin consentimiento las comunicaciones personales de millones de personas. Sin embargo, es en buena medida un acto consentido cada vez que, para tener acceso a una red social o una aplicación web, aceptamos que la información personal pase a ser propiedad de una firma y pueda ser empleada por ésta para fines comerciales, o entregada a terceros. Es un acto consentido cuando aceptamos las “cookies” cada vez que entramos en un sitio de internet.

La apropiación de nuestra huella digital es, por supuesto, como lo argumenta Zuboff en su reciente libro (ver referencia 20), una inmensa fuente de acumulación de riqueza que ha creado las firmas privadas más grandes que la humanidad jamás haya conocido, pero es también, por supuesto, una fuente de creación y acumulación de un extraordinario poder político por parte de un conglomerado poco transparente –a loose network se diría en inglés- conformado por esas firmas, ciertos actores políticos para-estatales y ciertas agencias del Estado ligadas a los aparatos de seguridad, que en adelante llamaré El Conglomerado. La pregunta obligada es, entonces ¿por qué esa apropiación permite crear y amasar tanto poder político, acumulación que he denominado además extraordinaria?

Ni los Estados totalitarios del siglo XX ni, por supuesto, las monarquías absolutistas de la Europa de la era pre-moderna, Japón o China, podían siquiera soñar conocer lo que pensaban cada uno de sus súbditos; tampoco tenían los medios para verificar sus movimientos. Una vez que detectaban una disidencia o, muchas veces, sobre la base de una simple sospecha, esos regímenes podían ser brutales para acallarla. Sin embargo, mucho de la vida cotidiana continuaba sin ser revelada a ellos: en cierto sentido, volaban a ciegas y en muchas ocasiones se terminaban desayunando una explosión social que los pillaba por sorpresa pues no habían detectado su incubación.

A diferencia del pasado, la huella digital de todos los ciudadanos permite a El Conglomerado saber, en tiempo real, las expresiones de cada ciudadano, sus acciones políticas y sus vinculaciones. No todas, por el momento, pero cada vez más.

Al tener los medios para conocer nuestra vida diaria qua ciudadanos, ese conglomerado tiene en sus manos un potente arsenal de control social sobre la población. Pero, más interesante que la labor de detección de pensamientos, comportamientos o asociaciones llamativas, la apropiación de la huella digital permite, mediante la aplicación de algoritmos de inteligencia artificial a esa inmensa masa de datos, realizar otras dos labores.

La primera labor es la predicción de comportamientos de los individuos, a partir de la reconstrucción de perfiles prototípicos utilizando técnicas de análisis de datos masivos, o minería de datos. Entre más información haya sobre cada persona, más precisos y completos son esos perfiles. Quienes tienen esa información pueden saber no solo el perfil de tal o cual persona, sino estimar las probabilidades de que ese perfil esté asociado o no a determinados pensamientos y acciones políticas.

Íntimamente ligada a la predicción está la segunda labor: el análisis de la huella digital puede ayudar a moldear el comportamiento de los individuos, de manera que se conforme a ciertas pautas consideradas como deseables por parte de los nuevos poderes o, en su defecto, para alejarla de actuaciones y relaciones que se consideren peligrosas, inconvenientes o subversivas por el nuevo “poder desde arriba” en el que El Conglomerado se ha constituido.

Esto, que parece ciencia ficción o el producto de una mente calenturienta, tiene que ver con algo elemental: la capacidad de inducir ciertas decisiones alterando la estructura de oportunidades que los individuos enfrentan a la hora de tomar una determinación.

Déjenme poner un par de ejemplos cotidianos que ayudan a ilustrar el punto: cuando entro a Amazon y compro un libro, inmediatamente el sitio me informa que personas como yo han comprado tal o cual otro libro y de repente termino comprando, gracias a un buen algoritmo diseñado por algún equipo de jóvenes millenials, alguno de esos textos que no tenía pensado adquirir. Sutilmente he sido inducido a una acción que de la que, por lo demás, me puedo sentir satisfecho y pensar que es enteramente apropiada. O este otro: cada vez que entro a Netflix, éste me sugiere las obras que yo debiera ver basado en mis anteriores escogencias, lo que orienta mi consumo, pero al mismo crea “muros” a la hora de explorar opciones que no se conforman con mi perfil.

En política, el microtargeting de la propaganda, mediante un cuidadoso direccionamiento y adaptación de los mensajes según los perfiles de las personas reconstruidos a partir de la huella digital, ha permitido influenciar los resultados electorales en al menos dos casos ampliamente documentados: el Brexit en el Reino Unido y la elección presidencial del 2016 en Estados Unidos.[21]

Esto que relato ya está sucediendo pero piensen ahora en el futuro que nos aguarda. El historiador israelí Yuval Harari (ver nota 20) ha especulado sobre las posibilidades de control político que otorgará el maridaje entre la biotecnología y la inteligencia artificial. Cuando ello ocurra, y no hay en el horizonte factores que tecnológicamente lo impidan, quienes dominen la huella digital podrán saber, incluso antes que la persona esté consciente de ello, ciertas orientaciones de personalidad, sexualidad, preferencias políticas y de consumo.

Una situación así da una enorme ventaja al “poder desde arriba” que se reconstituya, ya no solo frente a los viejos Estados autoritarios y totalitarios del pasado, con sus imperfectas tecnologías de control político, sino frente a la democracia. La vieja fórmula romana “Quis custodiet ipsos custodes”, es decir: “¿Quién controla a los custodios” aplica aquí, aunque modificada: ¿Quién puede controlar a El Conglomerado cuando posee tanto poder sobre las personas y, en general, la vida social?

Es claro que los medios clásicos de control ciudadano sobre el poder político que la moderna democracia representativa desarrolló en los siglos XIX y XX por medio del voto u otras instancias de participación y escrutinio sobre los asuntos públicos, se quedan a todas luces cortos para ejercer contrapesos efectivos a los poderosos. Los métodos clásicos de contacto entre representantes y representados, con el fin de sondear y entender las preferencias ciudadanas como recibir en el despacho a grupos organizados, efectuar giras de trabajo, recibir cartas y denuncias, quedan como anécdotas frente al flujo masivo y permanente de información que permite a El Conglomerado auscultar en tiempo real el clima político de un país.

Con todo y lo formidable que es esa concentración de poder, no ubico ahí el principal desafío que la apropiación de la huella digital plantea a la democracia. Después de todo, ésta ha sido siempre la historia del complejo y delicado equilibrio entre, como dije rato atrás, el “poder desde arriba” y el “poder desde abajo”, el de los ciudadanos. La apropiación de la huella escora, en principio, el equilibrio a favor del “poder desde arriba”, que por el momento se está haciendo infinitamente más poderoso que el poder desde abajo. Sin embargo, creo apropiado recordar en este momento que, a pesar de todos los pesares, en los dos últimos siglos la democracia se ha desarrollado y subsistido sobreviviendo a todos los formidables adversarios que ha enfrentado.

Uno podría especular, en esa dirección, que ese poder desde abajo, la capacidad de los ciudadanos de participar y hacer escrutinio sobre los asuntos públicos, también probará y encontrará fórmulas para limitar los excesos de El Conglomerado. No soy experto en este campo pero ciertamente hay indicios de que, en todo caso, la ciudadanía no se rendirá fácilmente; que está dando batallas en las cortes y tribunales, como por ejemplo, para el reconocimiento del “derecho al olvido” en varios países europeos y latinoamericanos.[22] Las protestas ciudadanas han obligado a firmas como Facebook a establecer ciertos límites el acceso de terceros a los datos personales. No soy particularmente optimista del resultado de estos esfuerzos, pero desde el punto de vista metodológico no dejo de reconocer que nos subrayan el hecho de que la democracia ha demostrado una sorprendente resiliencia y que, en más de una ocasión, con ella vale lo de aquel soneto del Siglo de Oro, atribuido a distintos autores: “Los muertos que vos matáis gozan de muy buena salud”.

Retomo el hilo. Me parece que el principal desafío que la apropiación de la huella digital plantea a la democracia es otro: su esfuerzo deliberado por castrar la agencia moral y política de los ciudadanos. La capacidad para ya no solo de predecir sino moldear los comportamientos ciudadanos supone una amenaza letal al principio básico sobre el que está predicada la democracia: que las personas, independientemente de su condición social, poder económico, político y otras diferencias, son las mejores jueces de sus propios intereses y que, por tanto, debe respetársele un espacio de autonomía que es su libre albedrío, a partir de un complejo conjunto de protecciones legales en la forma de libertades y derechos.

La amenaza es, por supuesto, mucho más sutil que la barbarie de los regímenes totalitarios y autoritarios, que suprimen de jure y de facto las libertades y derechos políticos y civiles y eliminan físicamente a las personas. Al tener la capacidad de moldear los comportamientos, quienes controlan la huella digital ya no necesitan recortar ningún derecho ni libertad sino todo lo contrario: requieren que los individuos sigan creyendo que las ejercen sin cortapisas, que piensan que nadie interfiere en la escogencia de lo que consideren más adecuado a sus intereses y necesidades. El truco está en otro lado; está, por así decirlo, por debajo y detrás del escenario público, en la amplia capacidad de El Conglomerado para, previamente, manipular las preferencias de muchos y, de manera selectiva y cuidadosa, haber expulgado de la “polis” a sus miembros más incómodos. De esta manera, los ciudadanos creen estar eligiendo lo que es mejor para ellos, pero esa determinación fue condicionada, de previo y de manera inadvertida, por el manipuleo de la mano invisible del nuevo “poder desde arriba”.

Es una jaula, indetectable a nuestros ojos, pero jaula al fin, una que encuadra a ciudadanos que pueden seguir deseosos de mantener sus libertades y derechos, pero que, en la práctica, han sido despojados de una parte de su agencia moral y política mediante el masajeo permanente de sus gustos, preferencias y pensamientos. La ciudadanía, eunuca, tendría la fachada del “demos”, pero habría sido convertida en súbdita de manera inadvertida para muchos individuos.

Cuando Mario Vargas Llosa dijo, en los años ochenta, que el México del PRI, con su estabilidad política, bajos niveles de represión y su fachada electoral, era la dictadura perfecta, lo hacía pensando, como era inevitable, en las tecnologías del poder del siglo XX. En el siglo XXI, las perspectivas son muy distintas, pues el arsenal tecnológico al servicio del ejercicio del poder se ha transformado de manera impensada hace pocos años atrás.

Coda: democracia y escenarios futuros (Andante)

Quiero cerrar mis palabras volviendo al título de mi conferencia: “Democratización y des-democratización: Estados, ciudadanías y las nuevas tecnologías del poder”.

En esta época se está cociendo, y no a fuego lento, si la democracia moderna podrá sobrevivir a los formidables retos que enfrenta. Inicié señalando como, en toda democracia, hay una dialéctica permanente entre la democratización y la des-democratización, que la democracia no es un “estado de la materia” sino, más bien, un horizonte abierto. De ahí que la calidad de una democracia está siempre en estado de flujo, son posibles los progresos pero también las regresiones. Y algunas de estas regresiones pueden implicar, al pasar cierto umbral, la caída misma de la democracia.

Dije, además, que la democracia se encuentra enfrentando un triple asedio: por el populismo, las desigualdades extremas y los autoritarismos con proyecto de desarrollo. Este asedio es formidable y potente y, hay que decirlo una vez más, se aprovecha de las propias limitaciones de la democracia representativa a la hora de atender muchas demandas ciudadanas. Sin embargo, estos son, en cierto sentido, enemigos conocidos, de larga data, y en el pasado la democracia ésta ha logrado sobrevivirlos aunque, claro está, no sabemos si podrá seguir haciéndolo en el futuro.

La parte final de mi charla, sin embargo, se centró en la nueva tecnología de poder asociada a la apropiación de nuestra huella digital por parte de un conglomerado de empresas privadas, actores paraestatales y agencias de gobierno. Esta nueva tecnología de poder no solo incrementa exponencialmente el “poder desde arriba” sino, en lo fundamental, es una amenaza letal a la premisa básica de la democracia, la agencia moral y política de las personas, al castrarla mediante el manipuleo, de sus gustos, preferencias, creencias y comportamientos mediante métodos invisibles a los ojos de los individuos.

Con esta perspectiva: ¿Cuál puede ser el futuro de la democracia en el siglo XXI? Desde la limitación que supone mi horizonte personal, veo tres escenarios posibles, que no tengo tiempo de elaborar pero que quisiera dejar planteados.

El primer escenario es que la democracia representativa sobreviva y se reinvente estableciendo nuevos equilibrios entre los poderes de “arriba” y de “abajo”. Para mí es el escenario normativamente preferido y, admito, más incierto, porque implicará una gran dosis de creatividad y movilización ciudadana.

El segundo escenario es la caída generalizada de la democracia y, así como ocurrió luego del final del período de la Grecia clásica, su desaparición del mapa histórico por mucho tiempo, siendo sustituida por regímenes autoritarios que saquen provecho de la enorme acumulación de capacidades para ejercer, sin límites, “el poder desde arriba” que las nuevas tecnologías les facilita. Ello calzaría, en términos generales, con la distopia del “Mundo Feliz” del escritor inglés Aldous Huxley: cuando el poder omnímodo tiene además la capacidad tecnológica para cristalizar las desigualdades sociales mediante la bioingeniería.

Hay un tercer escenario, uno cercano al “Matrix”, y es que la democracia sobreviva pero como una pura fachada: que el régimen de libertades y derechos ciudadanos quede intacto, pero vaciado de contenido por el control invisible por parte del “poder desde arriba” sobre la agencia moral y política ciudadana, mediante la apropiación de nuestra huella digital.

Vivimos tiempos extraordinarios y decisivos para el futuro de esa idea tan poco intuitiva que es la democracia. De gente común y corriente como nosotros dependerá que encontremos soluciones innovadoras que abran caminos para renovarla.

Muchas gracias por la oportunidad de haberme dirigido a ustedes.

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[1] Tilly, C. 2003. “Inequality, Democratization, and De-Democratization”. Sociological Theory, Vol. 21, No. 1 (Mar.), pp. 37-43. Una version más elaborada sobre el concepto puede encontrarse en su libro: Tilly, C. 2007. Democracy. New York: Cambridge University Press.

[2] Huntington, S. 1993. The Third Wave: Democratization in the Late Twentieth Century. Norman, OK, Oklahoma University Press. La ola democratizadora dio origen a toda una literatura sobre transiciones desde los regímenes auoritarios, cuyo libro seminal es: O’Donnell, Guillermo, and Philippe Schmitter. 1986. “Tentative Conclusions about Uncertain Democracies.” In O’Donnell et al., eds., Transitions from Authoritarian Rule, Part 4, Baltimore y London: Johns Hopkins University Press, pp. 1-78.

[3] Levitsky, D. y D. Ziblatt. 2017. How Democracies Die. New York: Broadway Books. Véase también: Mounk, Y. 2018. The People vs Democracy. Cambridge: Harvard University Press; Puddington, A. 2017. Breaking Down Democracy: Goals, Strategies, and Methods of Modern Authoritarians. Washington D.C.: Freedom House. Una perspectiva menos pesimista puede encontrarse en: Runciman, D. 2017. How Democracy Ends. London: Profile Books Ltd. V

[4] Schumpeter, J. 1950. Capitalism, Socialism and Democracy. New York: Harper & Row.

[5] Dahl, R. 1971. Polyarchy. New Haven: Yale University Press.

[6] Sartori, G. 1987. The Theory of Democracy Revisited. Chatham, NJ: Chatham House.

[7] Esta forma de entender la democracia fue elaborada por O’Donnell a lo largo de la primera década del siglo XX. Cfr: O’Donnell, G. (2004). “Democracy, Human Rights, Human Development.” En:  O´Donnell, G; O. Iazzetta y J. Vargas Cullell (eds). The Quality of Democracy: Theory and Applications. Notre Dame, University of Notre Dame Press: 7-120. Véase también formulaciones un tanto distintas en: O’Donnell, G. (2007). “Hacia un estado de y para la democracia.” En: Mariani, R (ed). Democracia/Estado/Ciudadanía: Hacia un Estado de y para la Democracia en América Latina. Lima. Perú, Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo: 25-63; O’Donnell, G. (2010). Democracia, agencia, estado: teoría con intención comparativa. Buenos Aires, Argentina, Prometeo Libros.

[8] Vargas Cullell, J. 2014. “Democracy and Democratization: Guillermo O’Donnell’s Late Attempt to Rework Democratic Theory”. En: Mainwaring, S. y M. Lleiras (eds). Reflections on Uneven Democracies: The Legacy of Guillermo O’Donnell. Baltimore: Johns Hopkins University Press.

[9] Los contenidos básicos de esta argumentación se encuentran resumidas en el texto mío ya citado en la nota 8 anterior.

[10] Utilizo aquí el concepto de legitimidad en el sentido que lo emplea Raz, como el reconocimiento social del derecho a mandar. Raz, J. 1990. Authority. New York: New York University Press.

[11] O’Donnell, G. 1996. “Illusions about Consolidation”. Journal of Democracy, 7, pp. 34-51

[12] El problema medular de la política es siempre el uso del poder para obtener, preservar o resistir una distribución de recursos socialmente relevantes entre la población de una sociedad.

[13] Piketty, T. 2014. Capital in the Twenty-First Century. Cambridge, MA: Belknap Press of Harvard University Press.

[14] Gilens, M. y B. Page. 2014. “Testing Theories of American Politics: Elites, Interest Groups, and Average Citizens”. Perspectives in Politics. September 2014, Vol. 12 (3): 564-581.

[15] Hirschmann, A. 1970. Exit, Voice, Loyalty. Cambridge, MA: Harvard University Press.

[16] Abromeit, J. 2017. “A Critical Review of Recent Literature on Populism” Politics and Governance. Documento digital: https://www.cogitatiopress.com/politicsandgovernance/article/view/1146/0 Fecha de acceso: 4 de agosto 2019.

[17] Gidron N. y B. Bonikowski. 2013. “Varieties of Populism: Literature Review and Research Agenda”. En: Weatherhead Working Paper Series, No. 13-0004.

[18] Przeworski, A; M. Alvarez, J.A. Cheibub y F. Limongi. 2000. Democracy and development. Cambridge: Cambridge University Press.

[19] Huntington, S. 2006 (1968). Political Order in Changing Societies. New Haven: Yale University Press.

[20] Dos textos recientes de gran importancia sobre el tema son: Zuboff, S. 2019. Surveillance Capitalism. Londres: Profile Books Ltd; Harari, Y. 2019. 21 Lecciones para el Siglo XXI. Barcelona: Editorial Debate.

[21] El documental “The Great Hack” (Netflix 2019) aborda este tema.

[22] El lector interesado podrá explorar varias publicaciones sobre el tema. Solo a modo de guía ilustrativa, pues no he trabajado el tema, menciono el siguiente libro: Simón Castellano, P. 2015. El reconocimiento del derecho al olvido digital en España y en la UE. Madrid: Editorial Bosch.

Vargas Cullell Jorge

Autor:

Vargas Cullell Jorge

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